Mi niña, desde que entramos al hospital no le faltaron las risas.
Mi niña, desde que entramos al hospital no le faltaron las risas.

“Las mamás no nacimos para enfermarnos” me dije y me repetí varias veces y en silencio durante las pasadas horas en mi mente. Hoy serán cuatro noches sin poder dormir por la incomodidad de un sofá en la habitación del hospital y por las recurrentes visitas de las enfermeras de turno donde está internada mi hija de 2 años. La verdad me siento agotada.

Ingresamos al hospital por una bacteria -mycoplasma- que causó una neumonía en mi chiquita de 2 años; de por sí los cuidados de una enfermedad en los niños son bastante tensos y agotadores, desde seguir al pie de la letra las recetas médicas, velarles el sueño, estar pendiente de los síntomas, hasta lograr que nuestros chiquitos cooperen en recibir el tratamiento. Por suerte mi chiquita ha cooperado en todo, o al menos en la mayoría para que esta pasada por el hospital sea más “placentera”, a pesar de que ya vamos para el quinto día, la cosa es dura.

Estando en estas vueltas, ayer recibo la llamada de mi esposo, con quien me he turnado en cuidar a mi chiquita y a mi grande; me dice que la grande ya tenía fiebre de 38º C o más, y mientras él me decía esto, pensaba en ese preciso instante ¿qué pasaría si ella también caía con la misma enfermedad de la chiquita y tuviéramos que internarla también? ¿y si yo también me enfermo, quién las cuida?, no quería imaginar tener a las dos internadas al mismo tiempo.

Cuando te toca hacer una pasantía por el hospital conoces tantas historias: desde la de las enfermeras, la de los niños que comparten la pediatría, la de las otras mamás que también comparten la misma angustia que tú, y me doy cuenta que todas tenemos nuestras penas, cada una a su nivel y ninguna podemos vivir la vida de la otra, pero sí apoyarla, acompañarla, escucharla o simplemente sonreírle. En el salón de juegos que comparten los niños en el hospital pude ver una mamá angustiada por que sus dos hijos habían ingresado con un día de diferencia con la misma bacteria, otra mamá me contaba que no tenía quién le cuidara a sus otros dos hijos mientras ella se quedaba con el chiquito, otra mamá tenía instalada su computadora y trabajaba desde allí, y yo mientras observaba a cada una, pensaba de forma recurrente “las mamás no nacimos para enfermarnos”, lo estábamos viendo, lo estábamos viviendo.

Las mamás somos un pilar emocional para nuestros hijos, y no sé de dónde, pero tenemos esa habilidad o súper poder de no enfermarnos con nada, somos inmunes a todo con tal de ver a nuestros hijos sanos y con vida, sonrientes; definitivamente las mamás no nacimos para enfermarnos, estamos para estar con ellos, para ellos, para velarlos la noche entera desde el sillón incómodo, para pasar hambre o comer frío porque no nos sentimos bien si ellos no comen, para abrazarlos fuertemente cuando los van a pinchar, para animarlos cuando se sienten apagados, para hacerles compañía permanente.

Confieso que eso de que mi mamá esté lejos a ratos me pega, y duro; también confieso que a ratos fantaseaba con tirar la toalla; un par de veces quise llorar porque eso de lidiar con el desvelo y el cansancio sumado a la pena y la incertidumbre, agota. A ratos quisiera que las circunstancias fueran otras pero no me queda más que aprovechar estos ratos para pensar qué importante es la pareja que elegiste, estos ratos te fortalecen, te hacen ver las cualidades del otro, su nivel de compromiso y entrega; estos momentos te hacen mejor persona y son el momento para lucirte con tus hijos, es aquí donde surge la magia del “bonding”; así también estos momentos te hace darte cuenta de quiénes son tu verdadera red de apoyo, tanto física como emocional y espiritualmente. No han faltado las visitas, llamadas y mensajitos clave de todas esas personas queridas, por quienes hoy estoy aquí, recordándome que estoy más que acompañada.

Noches, me voy al sofá que tengo a dos mujercitas que mañana me espera al 100%.

~N~