Por: Carolina Solís

Para Mundo de Mamá

 

En ocasiones el terror puede apoderarse de nosotros cuando somos testigos de la fuerza de la naturaleza: un temblor. Basta con estar en una situación que nos saque de nuestra cotidianidad para entrar en crisis. Este martes pasado fue seguramente una prueba de fuego para muchas mamás y papás en la Ciudad de México.

12: 02 p.m. Estaba con mi computadora respondiendo emails del trabajo, pero en mi casa, y a punto de ir por mi bebé, de año y medio, al kinder. Ya con el bolso en mano creí sentirme mareada, hasta que veo como se tambalea el espejo que tengo enfrente. Inicia el sismo más fuerte que me ha tocado presenciar en el D.F. desde que vivo aquí, hace 9 años.

Lo único que tengo en mi cabeza es a Ale. Cómo está él?, cómo está el edificio?, qué estarán haciendo las maestras….? Aunque no me dan pánico los temblores empiezo a descontrolarme. Lo único que pido por favor es que se termine ya. Necesito salir corriendo por él.

No hay forma de comunicarse con nadie. No hay teléfonos ni internet por un rato. En cuanto parece que se detiene el movimiento salgo espantada para la escuela que queda como a kilómetro y medio. En el camino, rezando obviamente, no ves nada grave, más que patrullas o ambulancias sonando, todo el mundo en la calle y por ahí algunos pedazos pequeños de cemento que se han desprendido de los edificios.

Cuando llego al kinder todo muy tranquilo. Me encuentro afuera a una mamá que me dice que bajaron a los niños al área verde del lugar y que los pusieron a cantar. La maestra me pide calmarme para recibir al bebé y me cuenta que la semana pasada habían hecho casualmente simulacros para prevenir estas circunstancias. Llegan otras mamás alteradas, pensando que iba a ser una locura la escuela, pero todo está bastante sereno.

Los niños ni por enterados se dieron. Nada que lamentar… Ale sale corriendo a recibirme, se cae y se rompe el labio. Después de tal susto y preocupación, luego de un temblor de 7.9 grados, mi bebé se accidenta porque va eufórico a recibirme. Ironías de la vida.

Lo importante es que ya con él, me vuelve literalmente el alma al cuerpo. Más tarde cuando viene la calma te pones a pensar  en lo importante que es tener en  familia un plan de acción en caso de emergencias y conocer el de la escuela de tus niños, no solo porque en esos momentos la comunicación es nula, sino también porque lo nervios te pueden hacer pasar una mala jugada.

 

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