He estado pensando en que hay cosas que me han robado mi esencia más profunda y que sin sentirlo me han arrastrado a estados en que no quiero volver a estar, quiero ver para adelante y no regresar a los rincones oscuros y fríos de mi interior.

Así como en las dietas y la intolerancia a todo lo que nos hace mal al cuerpo, he decidido cero azúcar para mi alma, por favor -pensando en la hipocresía emocional que te engaña con ser dulce para el espíritu-, porque quiero alejarme de lo que no me suma y lo que me resta en la vida y más cuando se convierte en eso que no me deja descansar o recuperar mi paz interior.

Las fiestas de fin de año siempre me hacen reflexionar y pensar más de la cuenta, me traen muchos recuerdos, experiencias y nostalgia, siempre me dejan como cuando te bajás de una montaña rusa: zangoloteada, despeinada, mareada, con resaca de felicidad o tristeza, a veces me gusta, otras me da náusea, las disfruto o simplemente me dan dolor de cabeza, pero -como dirían- “bendita” la montaña rusa porque me hace poner bien los pies en la tierra cuando me bajo de ella.

Después de la resaca de las fiestas de fin de año, hoy doce meses después puedo empezar a contar la historia porque ahora duele menos que ayer y lo he asimilado mejor para mi mañana.

Todo empezó, -o mejor dicho, el veinte me cayó- en enero del 2016, tenía tiempo -meses- de estar intranquila, fueron de “esos” días en que uno siente que se le cae el castillo de cristal encima y te das cuenta que has estado consumiendo emociones ajenas y no querés aceptarlo hasta que te ves hundida, hasta el fondo de cada pedacito que queda en el suelo… complicado que es uno, y así se complica la cosa.

“Algo” -que guardo en mi interior- me estaba costando trabajo asimilarlo, soltarlo, cerrar los ojos, dejarlo atrás, cambiar la página o como quieran llamarle, seguir para adelante y aceptar que las decisiones y los problemas de los demás no son míos, y recordar que yo decido hasta dónde me los tomo personales -terapia vieja que me cuesta poner en práctica-.

Pasaron los días y dejé de ponerle atención a lo que me estaba consumiendo dentro de mi ser, -lo que algún día tendré el valor de contar para superar-,  llegó febrero y empecé a sentirme mal físicamente, fui a varios doctores y los síntomas no disminuyeron, empeoraron con el tiempo, empecé a preocuparme, algo más pasaba, yo no sabía qué era y no quería afrontarlo, solo mi esposo es testigo de mi dolor, y no porque él los cause -como dice el cliché-, sino porque sólo él es mi confidente y sabe todo lo que en mí pasa.

Llegó marzo, y con más miedo y desesperación que antes, y porque él -mi esposo- me lo sugirió, fui a más doctores a escuchar más diagnósticos y hacerme exámenes, laboratorios, citas en consultorios, incertidumbre y ansiedad… los diagnósticos coincidían en lo mismo y la dosis de medicamento eran más fuertes. Pasé desde el doctor que me dijo entre líneas “hipocondríaca”, hasta el que tiene mis estudios abiertos por sospechas de lupus -una enfermedad que tarda en ser diagnosticada- y además el diagnóstico de una artritis que ya empezó a deformarme algunos dedos de las manos -esos que me recuerdan a mi mamá porque cuentan una vida entera con solo verlos-. La conclusión de todos es la misma: autoinmunidad.

Cuento todo esto no por pintarme de víctima, sino porque fue en una de tantas citas a las que fui en donde el doctor me dijo “…usted tiene que conocer la causa de sus problemas, algo o alguien pasó en su vida y no lo supera, eso la está consumiendo”; momento incómodo porque yo sabía de qué y quiénes se trataba, di el trago amargo mientras pensaba “y éste qué se cree para tocarme temas personales” -con la misma actitud a la defensiva que pongo cuando me siento atacada-, y efectivamente así fue, sin darme cuenta él me había estado analizando cada movimiento corporal, cada respuesta evasiva a cada pregunta que me hacía, -algo muy parecido al psicoanálisis-. Luego de un par de preguntas más -puntos de presión emocional- que me enfrentaron a la verdad, rompí en llanto…, fueron los segundos más largos de mi vida en silencio frente a un desconocido que me veía llorar por mis problemas que él ni siquiera conocía, llegué con síntomas de enfermedad y mi consulta terminó siendo como la de un psicólogo, por síntomas emocionales; me alcanzó un pedazo de mayordomo y me dijo en tono compasivo “Aquí los Kleenex se acaban seguido… -mientras se sentaba en su silla de vuelta-, …así que le ofrezco un mayordomo, llore todo lo que pueda y sáquelo” -y a la fecha lloro cuando lo recuerdo-, me reí entre lágrimas como mecanismo de defensa mientras aceptaba mi fracaso emocional y él me miraba con compasión con una mano sosteniendo su barbilla.

Fue una consulta que duró casi dos horas, hablamos superficialmente de todo lo que me duele en el alma, de cuando se niega y se reprime, hablamos del miedo social, del temor a ser juzgado, de lo que se viene y a lo que me enfrentaría… hablamos de los males que no pueden tocarse, menos de mis síntomas físicos. Fueron las 2 horas más agotadoras -más que correr los 21K- y a la vez fueron las mejores invertidas en mi vida, lloré como una niña frente a un desconocido que solo me decía “ya vio, no se reprima porque eso la enferma, todas las enfermedades tienen una causa emocional”, que razón tenía y que tonta me sentía haciéndome la fuerte todo este tiempo. Además de medicamento, me recomendó que escribiera mis problemas, mis congojas y se rió cuando le dije “eso hago, escribo como terapia en un blog que tengo” y su respuesta fue “pues escriba más porque eso la sanará”.

A la fecha quisiera decir que todo quedó en pasado pero sería mentir y mentirme, todavía me cuesta escribir todo lo que siento y vivo por temor social -aunque sé que muchas personas/familias pasan por lo mismo que yo-; los antialérgicos y desinflamatorios forman parte de mi día a día porque hoy siguen los síntomas y muchas veces se me notan físicamente, algunos preguntan y otros ya lo pasan de largo por costumbre o porque ya lo saben, mientras tanto siguen los estudios médicos, evito ciertos alimentos que puedan disparármelo -como el azúcar y el glúten-, me cuentan testimonios de enfermedades autoinmunes y al final del día cuando termino mis 17 horas despierta me veo al espejo -con alguna que otra seña de esta enfermedad que sigo sin conocer- y veo a una mujer que tengo que cuidar dentro de mí, que aunque me cuesta regularme, razonar y actuar con paz interior, muchas veces me equivoco y vuelvo a caer, por eso es que quiero alejarme del azúcar -lo que aparenta ser dulce pero que al final solo me enferma-, quiero alejarme de todo lo que no me suma y solo me resta, porque como cuesta cuidar el alma, el espíritu y la esencia, tomada de la mano de mi esposo, quien ha visto todo este proceso a la par mía apoyándome, a quien le doy infinitas gracias por estar a la par mía rescatándome de mis bajos más bajos y celebrando mis altos también, junto a mi poder superior: Dios, quien me da la vida para disfrutarla con él todos los días.

Después de todo, nada es perfecto y aquí sentada mientras escribo, pienso, esta vez no tuve una lista de propósitos de año nuevo porque solo tengo uno en mente: cuidar de mí misma antes que nada, porque en la medida que yo esté bien, podré estar bien con los demás. Si mi 2016 fue asimilar, mi 2017 se trata de avanzar, recuperar el tiempo perdido, perdonar, superar, aliviar, retomar y vivir mi vida, y no la de los demás.

~N~