El apego, el calor de tenerlas en mis brazos, la magia y el olor son mis mejores recuerdos de la lactancia materna. Instagram: @mundo_de_mama.

Las semanas se acortaban y los días llegaban a su meta, terminé el curso de parto sin temor y pronto tendría a mi primera bebé. Había planeado todo como lo había soñado, sería una mamá entregada y dedicada a mi primer hija 100%, renunciaría a mi empleo y disfrutaría la maternidad a su máximo esplendor, daría lactancia exclusiva o al menos eso era lo que yo quería.

Llegó la fecha esperada, una cesárea de sorpresa, nació mi primer bebé y empezaba la aventura de regreso en la casa con mi nueva familia de tres; leí por aquí, investigué por allá, pregunté y me asesoré, lo intenté y lo logré el primer mes, pasaron los días y las semanas, me adapté, me despedí de las noches de mi sueño por acompañar en vela los de ella, todo lo estaba disfrutando cada 3 horas que lactaba a pesar del cansancio y la recuperación de mi operación.

Pasó el segundo mes, un poco más cansada y acoplada que el anterior, con un horario más establecido y el amor más fortalecido entre ella, mi esposo y yo. Recuerdo vagamente esas madrugadas, a solas ella y yo, en la penumbra del cuarto por hacer el menor de los ruidos posible, crecía el vínculo y el apego entre ambas, de las cosas que más atesoro en mi memoria de la lactancia. Yo había asumido mi rol y me sentía orgullosa de mí, sentía que llevaba una estrella dorada como insignia en mi pecho, creía que tenía que demostrarle y probarle al mundo -y no a mi familia- que yo era capaz de hacer todo eso. Buscaba reconocimiento y aceptación en mi nueva etapa.

Llegamos al tercer mes y un poco más ansiosa yo que el anterior, notaba cierta escasez en mi producción, nunca supe lo que era llenar bolsitas y congelarlas a pesar que no usaba fórmula, solo sabía que cuando ella lloraba yo estaba dispuesta a suplir su demanda. El estrés llegó y los días se pusieron tensos, el sueño de la lactancia exclusiva empezaba a derrumbarse, mi insignia era cada vez más invisible y cuando alguien en la calle me preguntaba si lactaba volvía a mí el ego y con altanería respondía “SÍ, no ven que no traigo ni una pacha?!”.

A pesar de que mi bebé quería más de lo que yo podía darle, me asesoré, investigué y traté de informarme más de la cuenta, tomé hierbas y algunas pastillas recomendadas por el doctor para subir la producción pero ésta nunca mejoró. Empecé a sentirme fracasada, cansada, desgastada, frustrada y disgustada con todo… no era lo que había soñado, lo que yo quería, y menos lo que había planificado… me sentía una chambona que se rendía en una etapa que apenas comenzaba.

En efecto salía a la calle sin una pacha -biberón- porque yo me sentía poderosa entre mi pecho y yo, con orgullo y la frente en alto trataba tontamente de llenar las expectativas del mundo y las mías -menos las de mi hija-, ella solo quería comer, dormir, estar limpia y una mamá en paz con ella misma y su familia. 

Mi esposo me apoyaba en el camino entre continuar o desertar, me apoyaría en lo que yo decidiera, lo que él quería era una esposa en paz, tranquila con la decisión y feliz a pesar que no entendía lo que para mí era no poder lograrlo. Yo solía molestarme cuando él opinaba del tema o sugería que le diéramos la pacha de fórmula, todo a cambio de tener a su esposa de vuelta, manejar menos ansiedad -propia de la maternidad- y menos estrés por llenar las expectativas sociales del estándar. Mi hija no se enteraba qué pasaba por mi mente pero yo me sentía amargada, fracasada y frustrada…y lo peor de todo, ella todo lo mamaba.

Llegué al cuarto mes arañando el techo y gateando del cansancio, no por el desvelo sino por el cansancio mental de no convertir un sueño en realidad. Nunca tuve depresión post parto sin embargo la lactancia me desgastó al punto de sentirme al borde de caer en una; presionada y abandonada en mi relación interior y de pareja. Una de las cosas más duras fue caer en la cuenta que había fracasado, que no me gustaba esa relación de odio y amor que sentía entre lactar o no, pensaba que a lo mejor la fórmula me devolvería la paz interior a costa de que me señalaran por morir en el intento, y así fue, lo más difícil fue renunciar y decidir que ya no lo haría más.

Empecé con la fórmula -me costó ponerlo en práctica- y mi hija luchaba contra la escasez de mi leche y la forma de un mamón de silicón, y ninguna de las dos la hacía sentir cómoda.  Tomó tiempo acoplarnos de nuevo pero lo logré con el apoyo de mi esposo y aunque me costó, supe entender que no sería ni más o menos mamá por no haber tenido una lactancia prolongada; probé, lo intenté  y luché hasta donde pude, me convencí de que no importaba si fracasaba porque podía triunfar en otras cosas más adelante en mi rol de mamá, a pesar que nada es garantizado.

Retomé mi rutina, mis brasieres normales, mi relación de pareja y mi trabajo, empecé a enfocarme de nuevo en mi persona, en distraerme en las cosas que a mí me hacen feliz siendo mamá; fue como renacer de nuevo, volverme a sentir útil y productiva en otros aspectos, supe que no tenía que dejarme abatir por el “qué dirán” porque en esto estábamos mi hija y yo. Supe que si llegaba otro embarazo, yo iba a ser dueña de mi cuerpo y yo decidiría cuánto y hasta cuando, yo elegiría estar en paz conmigo misma porque luego así era como estaría para mi familia: calmada y feliz.

Admiro a las mamás que pasan meses en esto y que al final lo logran, respeto a las que decidieron no intentarlo, felicito a las que no te juzgan y animo a las que están dudando. La lactancia materna es vida, salud, tiene bondades y es milagrosa, pero en mi caso, también puede llevarte a perder el autoestima si no logras hacerlo, acompañada de las personas correctas en asesorarte, dejando a un lado los prejuicios.

Al final tal vez esta historia solo me importe a mí, pero también sé que en la medida que yo pude validarlo, pude sentirme mejor conmigo misma, resignarme y aceptar que cada maternidad es distinta a la nuestra.