Natalia, la sexta de once hermanos.
Natalia, la sexta de once hermanos, sobreviviente gracias a un milagro.

 

En un mundo que carece de la fe en los milagros divinos, merece la pena recordar aquellos de los que hemos sido testigos y compartirlos. Me considero fiel creyente y practicante de la religión católica -me quedaría mejor la etiqueta de “cachureca” en algunos casos-, me gradué de un colegio católico y mis papás son parte y frecuentan los medios de formación del Opus Dei, -prelatura personal que lejos de ser lo que aparentan en las películas o en las opiniones de quienes critican, ha afianzado la fe y la constante búsqueda y práctica de los valores en mi familia-.

Ahora en un mundo en que proliferan las iglesias independientes y que ya no se cree en los milagros que provienen por obra divina, la fe se ha convertido en un espectáculo lucrativo. Noto con más frecuencia un estado generalizado de incredulidad porque en algunos la fe se ha visto engañada, dañada o desgastada por diversos hechos que generan desconfianza.

Cada vez se escucha más decir que “es imposible lograr esto o aquello” y con frecuencia se le da más crédito al ser humano, creando un estado de escepticismo que impide aferrarse a un poder sobrenatural para alcanzar “esto o lo otro”.

Los milagros no se compran, son casuales, espontáneos y basta con tener fe para que sucedan, no se necesita subir a un escenario para ser protagonista o testigo de uno. Los milagros pasan a diario, pero está en nosotros saber identificarlos, a mi modo de ver las cosas la vida es un milagro en sí mismo.

Natalia como residente en su carrera como doctora, especializada en oftalmología.
Natalia como residente en su carrera como doctora, especializada en oftalmología.

El pasado 28 de septiembre, mi hermana Natalia, quien hoy tiene 30 años de edad a pocos meses de lograr alcanzar el título de oftalmóloga, está cumpliendo 28 años de vencer a la muerte tras haber sufrido un accidente en las conocidas suites del Likín -lugar recreativo en el pacífico de la década de los 80’s-90’s-, convirtiendo este momento en el que marcaría la vida e historia de nuestra familia completa. Así mismo, el pasado 27 de septiembre se beatificó a Monseñor Álvaro del Portillo, el segundo prelado del Opus Dei, quien en ese entonces confirmaría la veracidad del milagro de la vida de Natalia.

Haber vivido el accidente de Natalia me dejó impactada de por vida, hoy siento miedo que mis hijas pasen por una situación similar y no creo tener la entereza que mis papás tuvieron en ese momento; es terror de toda madre e inimaginable ver que nuestros hijos agonicen por algún accidente, pero creo aún más difícil el saber aferrarnos a la mano divina para lograr conseguir lo contrario y que esto se convierta entonces en un milagro.

Comparto con ustedes, el milagro de Natalia:

 

Por: Willy Chang; mi papá. Guatemala 1986

El día 28 de Septiembre de 1986, llegué con algunos de mis hijos a Likín, –Turicentro Likín, un centro recreativo en la costa sur que actualmente no existe por diversos desastres naturales-. Viajábamos con el fin de divertirnos, “chapotear” en el agua; especialmente con mis dos hijas más pequeñas.

Íbamos mi esposa Luky y mis hijos: José, Wendy, Nancy, Natalia de dos años y Sofía de uno; las dos mayores -Lulú y Karina- se habían quedado en casa estudiando y cuidando a Javier, el más pequeño.

Fueron aproximadamente 5 minutos que perdimos de vista a Natalia, los más largos de mi vida. Muchas cosas pasaban por mi mente, una de ellas era que se hubiese ido a la playa sola, que por cierto es un lugar peligroso, no digamos para una niña de dos años.

Íbamos de un lado a otro en su búsqueda.

Luky repentinamente rompiendo una aparente calma, me llamó con un grito intenso: “¡Willy – Natalia!”; ella la había visto flotando dramáticamente entre el agua de la piscina de niños, boca abajo, de modo que hacía el cuadro de un cuerpecito inerte según yo, jamás podría haber sido mi hija. Podría haber sido la niña de alguien más pero jamás mi hija, después de tantas veces haber ido a ese lugar y siendo tan familiar ese sitio para nosotros.

Cuando oí el grito, corrí sin dirección buscando a Natalia; en ese instante era Wendy que la sacaba del agua; se la pasaba a José, quien la puso en el suelo a la orilla de la piscina e inmediatamente un doctor -Mauricio Siekavizza- que ahí coincidentemente se encontraba, le aplicó primeros auxilios.

En mi alocada búsqueda noté un grupo de gente en el lado opuesto a donde yo estaba, me dirigí ahí, cuando vi a Natalia en el suelo; me pareció muertecita aunque a ciencia cierta no creía lo que veía.

La palpé, estaba fría, sus labios que usualmente eran rosaditos, estaban morados; su piel pálida, pálida. El estómago excesivamente hinchado, se convulsionaba por la aplicación de la respiración artificial, que le aplicaba el Dr. Siekavizza.

No sabía qué hacer. De pronto me vi revisando mi vida y me sentí totalmente inútil.

Natalia, a la derecha alrededor de los 2 años.
Natalia, a la derecha alrededor de los 2 años.

A las atenciones del Doctor; Natalia no reaccionaba. Personas ahí presentes me decían que rezáramos. Entre los presentes estaba Tomás Barrios primo de mi sobrino José Francisco Barrios, Inmediatamente empecé “La oración del Padre”; oración para la causa de beatificación de San José María Escrivá de Balaguer -Fundador del Opus Dei-, pero por las circunstancias no la recordaba, mi mente estaba bloqueada; normalmente la rezaba con frecuencia, pero me trababa y volvía a empezar de nuevo, me volvía a trabar y no podía decir la oración completa. Llegó un punto en que mi mente se ponía en blanco y lo único que lograba recordar era: “OH! Dios que concediste a tu siervo José María… para fundar el…”.

Era en este punto donde no podía continuar. Así varias veces. En esos momentos vi a Luky rodearse de mis hijos ahí presentes, con sus brazos extendidos trataba de abrazarlos, y los llevaba hacia un lado, quienes se apartaron varios metros de distancia. Más tarde me contaría que en ningún momento perdió su resignación a pesar de que ella pensó que Dios se la había concedido -a Natalia- y bien podía pedírsela cuando fuera.

Dice José, quien la sacó del agua, que él creyó que ya había muerto; por eso la había puesto tendida a un costado de la piscina, pues su cuerpo estaba totalmente pesado, aguado, flácido; no respiraba y sus ojos estaban desubicados y entre abiertos.

Las personas que curiosas se habían acercado a la escena, presintieron un desenlace trágico, pues se retiraban caminando hacia atrás como una onda concéntrica sobre el agua cuando se tira una piedra y las pequeñas olas se retiran; entonces me llevé las manos a la cara asustado y consternado, me seguía embargando el conocimiento de mi inutilidad e incapacidad como tratando de despegar un poco los pies sobre la tierra para buscar ayuda sobrenatural, traté de recordar una vez más “ la Oración del Padre” . Por fin la recordé completa y la terminé. Fue entonces en ese momento sobrenatural cuando Natalia devolvió una bocanada de agua y flema a través de la nariz y la boca.

Cuando el Doctor vio la reacción pidió toallas inmediatamente para cubrirla y continuar luchando por su vida, la cual aún se veía incierta.

José que estaba lejos creyó confirmar lo que pensaba, que había muerto, y que por eso la cubrían, pero no era así, la fe y lucha del Doctor y mis peticiones, como las de muchas personas que estarían en ese momento sumándose a las mías, impidieron que nos resignáramos. Suplicamos hasta más no poder.

Mauricio preguntó: “¡¿quién tiene un lancha?! Tenemos que llevar esta niña a un hospital o se nos va!”, a lo que inmediatamente respondí: ”!Yo!”. Fuimos hacia la lancha, y cuando estábamos ahí me di cuenta que no tenía la llave entre el estado de nerviosismo e incertidumbre; Luky se ofreció para ir por estas, lo que demoró unos minutos más en el proceso de su resucitación.

En ese momento, Mauricio había decidido llevarla al hospital más cercano, finalmente subimos a la lancha, pues para llegar a donde estaba el carro debíamos cruzar el canal, atracar y caminar más o menos cien metros en el parqueo. Había dejado a mis otros hijos solos en las Suites del Likín, eran momentos muy impactantes, por lo que solo me acompañaba Luky y el Doctor con Natalia.

Sentí que los más valioso de mi vida se rompía en pedazos; pues los que se quedaban también necesitaban cuidado, consuelo y explicación, pero la gravedad de Natalia en ese momento era lo más importante.

Ya en la lancha trataba de guardar serenidad, pero creo que más bien estaba inconsolable; Luky me decía: “tené confianza; Monseñor -Escrivá de Balaguer- nos va a ayudar”. Mauricio -el Doctor- seguía dándole respiración artificial a Natalia, me parecía que ella estaba cada vez más en la otra vida y ya no en ésta; su cabecita colgaba como un péndulo en el regazo de Mauricio que a su vez continuaba con la respiración artificial. Finalmente atracamos, corrimos hacia el carro sin sentir las piedras, pues por la prisa no llevábamos zapatos, aquellas que en otras ocasiones caminaríamos con más cuidado.

Ya en el carro, Mauricio, hizo otro intento de respiración artificial, la lucha por la vida de Natalia no cesaba, sentía que se nos iba, a estas alturas nuestra desesperación era mayúscula.

Volvía a rezar “la oración del Padre” con mayor fe, pero fue justo la coincidencia que al mencionar la palabra “Amen”, escuchamos la respuesta: ¡Natalia por fin había gritado!. Fue un grito similar al de un niño cuando apenas sale del vientre de su madre, fue un grito como si Natalia hubiera vuelto a nacer. Mauricio, quien tenía la dicha de cargarla la abrazaba emocionado diciéndole que era maravilloso que ella llorara, pidiéndole así que llorara más.

¡Llorá! ¡Llorá!, decía…

Cuenta Luky que entre toda la escena vio a Mauricio arrodillado dándole gracias a Dios a un costado del vehículo en que nos encontrábamos. En ese momento el dueño del parqueo en que nos encontrábamos -Don Neko-, nos ofreció su casa, allí se le dio masaje a Natalia en los pulmones y la frotamos para que entrara en calor y seguía llorando a pesar que sus ojos no podían coordinar aún la mirada.

Cuando la zozobra había pasado, nos dimos un fuerte abrazo con Mauricio, era haberle ganado la batalla a la muerte, haber desafiado los límites pero tomados de la mano de una forma sobrenatural. Sin duda éste fue un milagro de Dios por la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer, El Padre -San Josemaría-.

El Dr. Mauricio Siekavizza comentó después: “Es la tercera vez que tengo un caso como éste, lamentablemente los dos anteriores no se lograron”.

Días después, el 8 de Octubre, Luky ordenaba una gaveta. Natalia observba una “hoja informativa” -aquellas que se imprimían para dar a conocer a San Josemaría en ese entonces-, y en su portada tenía la foto de él, pidiéndola insistentemente e instantáneamente expresando:

-“Quiero ver Jesusito”

Natalia vio la “Hoja” y dentro de sus cortos dos años, dijo:

-“Ah!… Qui’stá…ve…! Señalando a Monseñor Escrivá; ¿Tú lo viste?”, le preguntó a Luky.

Y sin darle mucha importancia Luky le contestó:

-“Yo no, y tú?”

-“Yo sí. Allá en la’güita” -en los términos de Natalia en su corto lenguaje de dos años refiriéndose al agüita-.

-“¿Te dijo algo?”

-“Sí, para’llá, para’llá”. Haciendo al mismo tiempo un ademán con la mano varias veces.

Muy sorprendida e interesada, Luky siguió preguntando.

-“¿Qué se hizo él?”

-“Se fue”.

Contestación que dio con aire de naturalidad y sin importancia para ella.

 

Días después, en la época de Navidad de ese año, se encontraba sola Natalia en la sala de la casa, yo estaba cerca en una salita pequeña y la oí decir.

-“¡Ahí’stá ve!” Dijo dirigiéndose a mí, al mismo tiempo que me extendía su manita para que la siguiera.

Me levanté, me acerqué y le pregunté:

-“¿Quién está?

Ella respondió:

-“El de la barbota y el de la faldota”.

¿Cómo así?, le pregunté y me contestó:

-El de la’güita, en la’güita.

 

Cuando llegamos a la sala dijo, respondiendo con sorpresa como con cierta desolación:

-“Se fueron…”

 

Fue entonces cuando acepté que NATALIA VOLVIÓ A NACER.

 

Hoy Natalia ha formado su propia familia, una pequeña, feliz y basada en disfrutar los momentos diarios que le da la vida.
Hoy Natalia ha formado su propia familia, una pequeña, feliz y basada en disfrutar los momentos diarios que le da la vida.