Por: Lorena de Bianchi

Para Mundo de Mamá

 

Seguramente has escuchado hablar de padres que se han vuelto amigos de sus hijos y de cómo éstos han perdido autoridad, se han vuelto permisivos e incluso hay quienes salen de fiesta con sus hijos. La amistad, en el sentido estricto, no puede darse entre padres e hijos. El concepto de la amistad solo puede alcanzarse entre iguales. Los hijos pueden llegar a confiar a  los padres sus problemas y sus más íntimas experiencias, sin embargo, esta actitud  no puede darse a la inversa. Los hijos no puede comprender y asimilar los problemas de los padres. Padres e hijos no son iguales.

Generalmente, la intención inicial suele ser buena, pues son padres que buscan acercarse a sus hijos, conocer los ambientes en los cuales se desenvuelven, conocer a sus amigos, etc. Sin embargo, dejan olvidado su rol principal, ser padres de sus hijos!

Aunque mucho se dice negativamente sobre esta práctica, el concepto general de ser amigos de los hijos no es malo.  Pero debemos comprender que debe ser una amistad sana, sin olvidarnos que antes de ser sus amigos, somos sus padres! Y en esto, la amistad puede ser una base clave para la educación.

Muchos padres buscan tener esta amistad con los hijos cuando están llegando a la adolescencia y sienten que se les escapan de la manos, lo hacen como manera de establecer el diálogo, pero la realidad es que si pretendes empezar a dialogar con tus hijos en la adolescencia cuando no lo has hecho antes, será muy difícil, si no imposible, que lo logres. Tus hijos deben encontrar en ti al primer amigo pues eres su confidente natural. Es la primera persona en la que ellos confían.

Si quieres que tus hijos sean tus amigos, debes hablar con ellos. Tus conversaciones deben ser diálogos y no sermones o conferencias, y deben girar alrededor de los intereses de tus hijos: juegos, diversiones, estudios, trabajos, aspiraciones y problemas. No debes esperar a que tus hijos inicien el diálogo.

Respetando su intimidad y personalidad, tú debes dar el primer paso. Debes dirigirte a ellos no sólo para preguntarles si cumplieron sus obligaciones o para criticarlos, sino también para estimularlos, elogiarlos, interesarte genuinamente por sus actividades, valorar sus ideas e iniciativas, acompañarlos en sus emociones y problemas. Debes regocijarte con sus alegrías y triunfos, dolerse por sus tristezas y fracasos, animarlos cuando los veas abrumados por las dificultades, corrigiéndolos con tacto cuando los observas arrogantes y altaneros en sus éxitos, enfrentarlos prudentemente con la realidad que ignoran y comprenderlos en su edad y temperamento. Vivir y sentir con ellos, y también vigilarlos, corregirlos, regañarlos y castigarlos adecuadamente cuando sea necesario.

Si quieres la amistad de tus hijos, ofrécela tú primero, ya que la amistad no se concede de manera gratuita, es un don voluntario que se debe ganar.

“Que se den cuenta de que eres el mejor amigo, de que nadie les quiere tanto como su padre y su madre”

-San Josemaría Escrivá de Balaguer